El arranque de este 2026 encuentra a Sinaloa atrapado en un escenario desalentador y profundamente doloroso. La violencia que estalló con fuerza en septiembre de 2024 no sólo no se contuvo, sino que se normalizó.
Dieciséis meses después, la narcoguerra sigue más viva que nunca, cobrando vidas a diario y sembrando el miedo, principalmente del centro hacia el sur del estado.
La disputa interna entre las facciones del Cártel de Sinaloa ha dejado una estela de miles de muertos, comunidades desplazadas, economías locales fracturadas y una sociedad exhausta. Frente a ello, el gobierno —en sus distintos niveles— luce claramente rebasado. Las “estrategias”, si es que existieron, han fracasado. Y lo más grave: hoy Sinaloa se percibe como un estado abandonado a su suerte.

El compromiso del gobierno federal, anunciado con énfasis por la presidenta Claudia Sheinbaum, fue claro: presencia constante del Gabinete de Seguridad y sesiones quincenales encabezadas por Omar García Harfuch hasta recuperar la paz. Ese discurso generó expectativa, incluso algo de esperanza. Sin embargo, la realidad terminó por imponerse.
Las reuniones del Gabinete de Seguridad simplemente desaparecieron.
Desde finales de octubre de 2025, cuando Omar García Harfuch estuvo en Mazatlán, no ha regresado a Sinaloa. No hubo explicación pública, no hubo balance, no hubo ajuste visible de estrategia. El acuerdo de sesiones quincenales se esfumó en el silencio. Lo que no desapareció fue la violencia.
Ahí siguen los homicidios, los cuerpos abandonados y desmembrados, los levantones, los robos de vehículos, las viviendas incendiadas, baleadas o vandalizadas. Ahí sigue una guerra que nadie se atreve ya a nombrar con todas sus letras, pero que domina la vida cotidiana de miles de sinaloenses.

La ausencia del gabinete federal no es un detalle menor: es un mensaje político. Sinaloa dejó de ser prioridad en los hechos, aunque se le siga mencionando en los discursos. La estrategia parece haber mutado del “vamos a pacificar” al “mejor no venir”, quizá para no exhibir más el fracaso de no haber podido devolverle la tranquilidad a uno de los estados más golpeados del país.
Hoy la Federación actúa con disimulo. Prefiere la distancia, la administración del problema, el bajo perfil. Pero mientras los funcionarios no vienen, la violencia sí llega todos los días.
El 2026 apenas comienza. Todavía hay margen para rectificar, para replantear de fondo una estrategia que evidentemente no funcionó. Sinaloa no sólo enfrenta una guerra criminal, sino también el abandono de un Estado que prometió no soltarlo… y lo soltó.
