A menos de dos años de la elección por la gubernatura, la oposición en Sinaloa sigue sin aparecer en el radar ciudadano como una real alternativa de cambio. Es, al menos, la fotografía del momento.
No hay rostro claro, no hay proyecto reconocible y, peor aún, no hay una narrativa capaz de conectar con un sector social que observa con creciente desencanto el rumbo que la 4T le ha impuesto al país y al estado.
Los partidos que se autodenominan “opositores” lucen desdibujados, fuera de agenda y divorciados de la conversación pública. Más que confrontar al poder o construir una opción competitiva, actúan como comparsas del sistema: navegan con la corriente, esperan que lleguen los tiempos políticos y se conforman con sobrevivir, no para ganar elecciones, sino para mantener posiciones de privilegio y seguir pegados a la ubre presupuestal.
Mientras tanto, el malestar social que existe frente a Morena no encuentra cauce político. La inconformidad está ahí en muchos ciudadanos, pero los partidos opositores no han sabido leerla ni articular un discurso coherente que permita convertir ese descontento en una fuerza electoral. Siguen anclados en lógicas del pasado, sin entender que su rol hoy exige mucho más que administrar derrotas.
En el PRI, por ejemplo, la baraja no se mueve. Paloma Sánchez y Mario Zamora continúan apareciendo como las casi únicas alternativas partidistas, como si el tiempo se hubiera detenido. La actual dirigencia, con César Emiliano Gerardo y Liliana Cárdenas al frente, intenta imprimirle dinamismo a lo que queda de las estructuras tricolores, pero la realidad es implacable: el PRI como marca está severamente desgastado, prácticamente en fase terminal, y sus antiguos brazos políticos, como la CNC y la CTM, hoy no pasan de ser simples membretes.
El PAN no ofrece un panorama distinto. Las mismas caras de siempre: Roxana Rubio o Eduardo Ortiz, este último ya curtido en varias batallas electorales sin resultados contundentes. No hay renovación, no hay inclusión, no hay una propuesta que entusiasme más allá de los círculos internos del partido.
Movimiento Ciudadano, que a nivel nacional se ha posicionado como el partido opositor emergente con mayor crecimiento, en Sinaloa ha desperdiciado esa inercia. Las disputas internas y su evidente subordinación al grupo en el poder lo han relegado como opción electoral.
Bajo la conducción de Sergio Torres, el partido naranja no ha logrado consolidarse como una fuerza verdaderamente opositora; por el contrario, en el estado parece más atento a las directrices que emanan de Palacio de Gobierno que a la construcción de un proyecto propio.
El caso del PAS es todavía más crítico. Sin el soporte de la UAS y sin la figura de Héctor Melesio Cuén, el camino parece conducir, tarde o temprano, a la desaparición. Robespierre Lizárraga intenta mantener con vida al partido recurriendo incluso a políticos de otras fuerzas que abandonan sus filas y buscan refugio en el otrora poderoso Partido Sinaloense, hoy muy lejos de su mejor momento.
La gran incógnita es si al menos serán capaces de construir una alianza opositora amplia que eleve mínimamente las expectativas de competencia en 2027. Canales de negociación existen, pero no hay acuerdos concretos. Todos quieren su tajada del pastel, aunque el pastel sea cada vez más pequeño.
En paralelo, desde la sociedad civil y el sector empresarial comienzan a emerger liderazgos con peso propio, pero la mayoría no está dispuesta a poner su capital social y económico al servicio de los políticos de siempre: esos acaparadores compulsivos de posiciones plurinominales que se blindan en el presupuesto público a costa de las derrotas.
La oposición en Sinaloa va tarde, muy tarde, en la construcción de un proyecto real de alternancia. Hoy, si las elecciones se celebraran de nuevo, no hay duda de que Morena arrasaría en el escenario electoral.
¿Cambiará algo de aquí al 2027? Ya lo veremos.
