El 2026 que recién inicia no será un año más en el calendario político de Sinaloa. Será, sin exagerar, el año de las definiciones rumbo a la elección de 2027, cuando se renovarán las 20 alcaldías, las diputaciones locales, las federales y, como madre de todas las batallas, la gubernatura del estado.
Y es justamente esta última la que ya concentra reflectores, tensiones y movimientos soterrados —y no tan soterrados— dentro de Morena. La disputa es clara: el grupo en el poder, encabezado por el gobernador Rubén Rocha Moya, frente a quienes buscan construir una candidatura alterna, arropados —al menos en el discurso— por la supuesta cercanía con la presidenta Claudia Sheinbaum y la inercia política del llamado “tiempo de mujeres”.
Desde Palacio de Gobierno se juega a la continuidad. Rocha Moya no ha ocultado su interés por dejar sucesor y, para ello, mueve piezas con cálculo quirúrgico. Sabe que el género puede ser determinante y, por eso, su baraja incluye hombres y mujeres. No es un detalle menor: con una presidenta de la República y un discurso nacional que empuja la paridad como narrativa central, la posibilidad de que Sinaloa tenga por primera vez una mujer gobernadora en 2027 no solo es viable, sino políticamente lógica.

En esa lógica se entiende por qué el gobernador ha colocado en la cancha a Graciela Domínguez Nava y a Tere Guerra. Ambas cumplen una doble función: abonar a la narrativa de género y, al mismo tiempo, contener y neutralizar el activismo político de la senadora Imelda Castro, quien desde hace meses recorre el estado con la mira puesta en la gubernatura.
Castro, para muchos, es la favorita en el tablero nacional. Su cercanía con figuras del círculo político de Claudia Sheinbaum le da visibilidad y proyección. Sin embargo, a ras de tierra la historia es distinta. Pese a sus recorridos de sur a norte, no ha logrado articular una estructura sólida ni un grupo político compacto que la catapulte con fuerza real rumbo a 2027. A eso se suma un factor incómodo: sus alianzas con facciones morenistas que, en su momento, intentaron descarrilar políticamente al propio Rocha Moya.
Ahí es donde el gobernador conserva ventaja. Rocha sigue teniendo en sus manos los hilos de las principales estructuras territoriales y políticas de la 4T en Sinaloa. No apuesta solo por mujeres. En su tablero también están el senador Enrique Inzunza y el alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez Mendívil.

Inzunza, hay que decirlo, ha reducido notablemente su presencia fuera de la capital, mientras que Gámez Mendívil, pese a la compleja crisis de seguridad que enfrenta Culiacán, viene creciendo con fuerza en el plano estatal. Las encuestas empiezan a reflejar ese crecimiento y lo colocan como una figura que no puede ni debe perderse de vista en la ruta hacia 2027.
Pero el juego no se define solo en Sinaloa. Desde Palacio Nacional se mueven otras piezas. Claudia Sheinbaum tendrá la última palabra y, llegado el momento, podría optar por tres rutas: imponer a un “metropolizado”, alguien de su gabinete sin arraigo local y obligar a todas las fuerzas a alinearse; apostar por lo que muchos consideran la vía más lógica, Imelda Castro; o permitir la continuidad del grupo político que hoy gobierna el estado.
Faltan muchas piezas por acomodarse y demasiados factores por alinearse. Por ahora, lo único claro es que 2026 será el año determinante. Habrá que seguir con lupa los movimientos en territorio y leer con atención las señales que emanen desde Palacio Nacional.
Si el 2025 fue interesante, lo que viene en 2026 será decisivo.
Y eso solo en la disputa por la gubernatura. De las principales alcaldías hablaremos en entregas posteriores, porque lo que ya se mueve en Culiacán, Ahome, Guasave, Salvador Alvarado —por citar solo algunos municipios— no es menos intenso ni menos revelador de lo que está en juego en el Sinaloa rumbo al 2027.
